Belisario: el hombre que encerró al Diablo en el Topo Chico.

En Monterrey hubo un tiempo en que el miedo se podía contener con una mirada. En el Penal del Topo Chico, donde más de tres mil almas purgaban condena entre corrupción, crimen y desesperación, existía una figura que imponía orden sin necesidad de disparar: Don Belisario López Téllez.

Originario del Rancho Tanguma, Montemorelos, Don Belisario llegó en 1964 al penal buscando trabajo. No traía papeles, pero sí algo más temible: carácter. Bastó con verlo para que lo contrataran como celador. A los cuatro años ya era primer comandante. En 1968, se convirtió en jefe de custodios. Nunca lo bajaron.

En la foto más emblemática que se conserva de él, Belisario aparece recargado en su silla como un vaquero moderno, sombrero blanco, bigote de general revolucionario y sonrisa confiada. La pierna cruzada sobre el escritorio revela una bota gruesa, curtida de recorrer los pasillos del infierno. A sus lados, dos celadoras lo acompañan como escuderas leales. Frente a él, una radio Motorola y un montón de reportes diarios. Todo bajo control.

En Topo Chico no se movía una piedra sin que él lo supiera. Dicen que tenía sicología sin escuela. Sabía si un reo traía broncas con solo verlo caminar. Su ley era simple: no tatuajes, no pandillas, no faltas de respeto. El que no entendía, terminaba en las celdas de castigo —las temidas “tapadas”—, donde la luz no entraba y el tiempo se detenía.

“Cuando alguien es malo, hay que tratarlo como lo que es”, decía.

Las organizaciones de derechos humanos lo acusaron de abusos, pero nadie se atrevía a denunciarlo formalmente. Sabían que el viejo tenía una red de ojos y oídos por todo el penal. Incluso algunos presos decían que era como su padre. Otros, que era un diablo con sombrero. Quizás era ambas cosas.

En 1980, su día de descanso coincidió con una tragedia: el motín que terminó con el asesinato del director del penal. Cuando Belisario regresó y supo que el director ya estaba muerto, la respuesta fue inmediata: cinco minutos de operativo, cuatro reos muertos. Fin del motín. Se dice que algunos ya se habían rendido, pero nadie más volvió a levantar la voz.

“Ese día no se hizo algo bonito… pero se hizo lo correcto”, resumió.

Tenía su funeral preparado desde años atrás: caja, carroza, todo listo. Sabía que ser jefe en ese mundo se paga caro. Aun así, nunca bajó la mirada. Jamás aceptó un soborno.

En vida le compusieron un corrido: “Muchos lo ven como el jefe, yo lo veo como amigo… Belisario López Téllez, por todos muy conocido…” —escrito por un preso y grabado por Beto Quintanilla.

Murió en junio de 2015, pero su leyenda no se ha muerto. La sombra de Belisario aún camina en los pasillos del viejo Topo Chico. Y aunque ese penal ya no existe, su nombre todavía infunde respeto entre quienes vivieron bajo su mando.

Porque donde todos perdieron el control, él impuso el suyo. Y no con balas. Con presencia.

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